Breve historia de un hombre pequeño by José ángel ordiz

Gabriel Pacheco Ilustrador

 El clásico folletín cada día vuelve de la mano de José Ángel Ordiz. Cada tarde compitiendo con las telenovelas le invitamos a enviar a su amiga o amigo una parte de esta historia que durará algunos días. Este es un nuevo esfuerzo de MasticadoresdeLetras por acercar la lectura a cualquier espacio: el tren, la espera en el dentista, los números que da la charcutería o el taller mecanico. Comparta… Comparta… –j re crivello


— I —

 

El bosquecillo de castaños comienza donde la ciudad termina. La Costa hace de frontera; el antiguo Grupo Sindical de viviendas está constituido por una serie de bloques, trapezoidal el conjunto, separados de la urbe por su particular situación en un altozano que protege tanto como aísla.

Se alzan los pisos hasta el sexto, y los bajos están asentados sobre los semisótanos que en su tiempo dejaron tapiados con pétreos muros y sin servicio, como una prolongación de los cimientos, salvo la parte destinada a huecos de ascensores y contadores del agua y de la luz.

En el año cincuenta y siete empezaron a ser ocupadas las viviendas de los veintidós portales. Durante casi treinta años se mantuvo, por orden expresa, un aspecto común en los balcones y ventanas, uniforme con el que no estuvieron de acuerdo muchos vecinos cuando se convirtieron en propietarios, así que en la actualidad hay balcones abiertos, como antes, y otros cerrados con estructuras metálicas y vidrios variopintos; hay también ventanas de guillotina y de madera, en estado original, y muchas más de aluminio.

Todas las viviendas del portal número uno gozan de vistas espléndidas, las mejores del Grupo según afirma mucha gente, y son más espectaculares incluso en los pisos superiores: por un lado, la ciudad; por el otro, unas afueras que van dejando de ser arrabales, más que una amenaza ya para lo que antaño fue un castañar casi inexpugnable y preñado de historias tan agradables o desagradables como se quisieran.

Aunque es evidente que no se aprecia en su medida justa lo que ya se posee desde hace años, Herminio y Oliva, del bajo derecha, reconocen que viven en la serie de pisos mejor orientados y más soleados. A él, como  conserje que fue del Grupo, le tocó ocupar la primera vivienda, que iba con el cargo. Hoy, desde su jubilación, se lamenta del estado de abandono de los jardines, de la suciedad de las calles, de que nadie le sucediera en la vigilancia de las viviendas que han pasado a dominios municipales. Oliva, la Conserje, en los ratos libres que le deja Jacobín, el hijo, que es deficiente psíquico, se queja de que los pisos bajos no tengan balcón, y echa en cara a los que antes se metían con su marido y con Jesús, el barredor, que en paz descanse, lo poco que protestan ahora ante los que mandan desde el Ayuntamiento, precisamente ahora que los está comiendo a todos la mierda, hablando mal y en plata, como ella dice.

Merche y Quique viven en el bajo izquierda. Cincuentones y sin hijos, a él lo desconocen, tanto los malos como los buenos quereres, en la misma medida en que conocen a su mujer; a Merche, su esposa, no se le está quieta un momento la lengua, como si tuviera que salir por su boca todo lo que se calla su marido, circunspecto y trajeado oficinista. Quique madruga mucho, viene a comer y no se detiene por las tardes en los suburbios, sino que frecuenta un bar del centro de la ciudad, donde, al parecer, hace gala de una maestría considerable cuando del tute mano a mano se trata. Merche todavía está de buen ver, y teme, con un miedo obsesivo, que alguien la viole.

El primero derecha es propiedad de Sofi, separada desde hace mucho tiempo del marido, un camionero llamado Corsino. Su matrimonio se fue destruyendo mientras se construía la democracia en España. Las dos hijas, actualmente en edad casadera, se quedaron con la madre. Sarita y Carmencita, muy estudiosas, en la universidad y becarias, son todo un ejemplo para muchos y todo un consuelo para Sofi, en el paro desde que la crisis obligó a cerrar a la empresa para la que trabajaba de cajera.

Enfrente de Sofi, en el primero izquierda, viven Pepe Pelaz y Sagrario Ramón. Tienen ocho hijos vivos, cinco de ellos hembras.  Los tres varones aún están solteros, a diferencia de sus hermanas, casadas muy jóvenes a pesar de ser feas a conciencia, feas sin discusión. Pepe Pelaz, alias Pepepé, alto y flaco, parece siempre como cansado; dicen que Sagrario Ramón lo dejó seco durante la etapa reproductora.

Desde la segunda planta ya se avista la torre más alta de la catedral. En el segundo derecha oposita a judicaturas Juanjo, que no siguió a sus padres cuando se fueron a vivir al centro de la ciudad y disfruta de una independencia y un silencio muy aptos para sus propósitos. El joven almacena dioptrías y saberes, y suspensos sin embargo, por lo que ya anda con la mosca tras la oreja y no sabe a ciencia cierta lo que quieren en Madrid. Su preparador, un fiscal de la Audiencia, le dice que tranquilo, que ya ganará la oposición y podrá desquitarse entonces y vivir la vida desde su poltrona de funcionario bien retribuido. El muchacho no lo ve tan claro y cuanto más estudia menos cree saber. Viene a verlo periódicamente la madre, y le trae provisiones y ropa limpia.

El segundo izquierda lo ocupan Luciano y Filo, o Lucio y Filomena, según unos y otros. A él le diagnosticaron, poco antes de que se casara el último hijo que vivía con ellos, cáncer de laringe. Le operaron y perdió la voz. Más tarde, la ciencia le consiguió un artilugio que él mismo se enchufa por un boquete que tiene en la garganta; le sale una voz metálica que espanta a sus nietos sin excepción. Antes debía escribirlo todo en una libretita que llevaba consigo. Algunos, ahora que el tabaco es tan perjudicial para todo, achacan su mal a lo mucho que fumó en su vida, y otros lo atribuyen al cuarto de siglo que se tiró trabajando el mármol. Varias lápidas esculpidas por él cubren tumbas y decoran panteones, y también hay angelotes suyos en el cementerio.

En el tercero derecha tuvieron sus cuatro hijos Amelia Conde y Secundino en dos tandas solamente: gemelos los dos varones de la vez primera, y gemelas las dos hembras de la segunda vez. La relación entre sexos es francamente mala. Ya desde pequeños, Jose y Luis se acostumbraron a zurrar de lo lindo a sus hermanas, Tatiana y Meli. Hoy, ya crecidos, no las traen moradas, pero se dedican a espantarles los novios.

Lucrecia es viuda y torpe. Hablan y no cesan del mal estado en que se encuentra su tercero izquierda. Ya no coordina bien. Cuando murió su Constantino, se dio a la comida y engordó mucho. Dicen que habla con el marido como si estuviera con ella y no criando ortigas. Al parecer, sirve dos cubiertos y se los ventila como se los prepara. A veces se queja por las tiendas del mal diente del difunto. Hace unos meses tropezó en el portal; impactó con la puerta y hubo que reparar el portero automático.

El cuarto derecha, como el sexto de la misma mano, está desocupado. Las Violeteras, sus propietarias, alcanzaron otros horizontes en cuanto pudieron comprar la vivienda y no estuvieron sujetas a la obligación de habitarla para no perderla. Ambas solteras, nunca les importó el qué dirían a la hora de disfrutar del presente. Violeta y María Virtud eran un buen tema de conversación, y aún lo siguen siendo cuando alguien las ve por la ciudad bien acompañadas. Ellas nada quieren saber del barrio donde fueron insultadas tantas veces y han puesto el piso en venta. Si no lo han vendido ya se debe al precio desorbitado que han fijado por él.

Piensan algunos que el Moro Manuel sintió más la marcha de Las Violeteras, sus convecinas, que la muerte de Engracia, su segunda esposa. Se le atribuye el falo más grande del Grupo y un sinfín de amoríos. De creerlo así, habría que remitirse más a su silencio, tal vez delator, que a las pruebas. Casi un asesino sexual, prácticamente reventadas sus dos esposas, para Merche es un peligro público. Merche habla y habla de todo ello, de cómo la mira, de cómo se le adivinan las malas intenciones, del peligro que representa el que fuera legionario y marinero, ante la presencia sosegada de Sindo Galindo, que la escucha como a todos, fuera de discusión su buen hacer como presidente de la comunidad de vecinos del portal número uno.

También ha tenido que escuchar lo suyo el presidente con las protestas habidas contra Luisín y Dolores, del quinto derecha, más de treinta años en obras, seis lustros dando golpes en casa, los tabiques rehechos y vueltos a rehacer para nada porque, en la actualidad, la vivienda está casi como en un principio: el piso es de lo más parecido que queda a la arquitectura original en todo el Grupo.   En el quinto izquierda, bajo el piso de Sindo Galindo, viven Antonio y Amelia Prado, cotillas los dos donde los haya, progenitores de Toni y María, el varón un balarrasa como el padre y la hija una deslenguada como la madre.

Enfrente del presidente nunca vivió nadie. El piso está tal cual lo construyeron, aunque con el deterioro lógico de los años. En manos de Sindo Galindo obran las llaves de la casa para solventar cualquier emergencia, que podría proceder, como ocurrió en su día, del techo. Sabe que el piso está a nombre de Raúl González, que éste reside en Bélgica, y que las facturas y comunicados debe enviarlos a un tal José María González, pariente del propietario. Nadie se explica por qué no le quitaron la vivienda al desconocido Raúl cuando era de obligado cumplimiento residir en ella. Por falta de denuncias no fue, eso seguro. La razón debe buscarse en alguna ley aplicable a emigrantes o en algún chanchullo sobreviviente a dictaduras y democracias.

Gumersindo vive solo. Es un hombre pequeño. Él mismo se autocalificó así, acaso para evitar sobrenombres peor intencionados. Desde la cima en que se halla, gusta de contemplar la ciudad, casi toda ella expuesta a su curiosidad incansable de persona adicta tanto a la reflexión como a entender de asuntos ajenos, cada cosa a su tiempo. Tiene a su cargo velar por los intereses del portal número uno, y a fe de todos que así lo cumple. Cierto que le sobra el tiempo para sacar adelante su empeño, pero a otros presidentes tampoco les escasean las horas y no alcanzan ni por asomo su nivel de eficacia. Y eso que ya no puede ni salir de casa sin ser ayudado. Pero no le hace falta. En un momento moviliza lo que sea menester telefónicamente, y se celebran en su propio domicilio las reuniones precisas con un orden y una disciplina que son la envidia de muchos portales. Herminio, por lo que fue, Merche, secretaria del presidente, y Luciano, por su enfermedad, ocupan plaza en el sofá. La butaca queda para Sindo. Como en el salón no caben todos, los últimos en llegar permanecen en el pasillo, o en la cocina, y pueden igualmente dar su opinión y no tienen problemas en escuchar a Galindo, pues la voz del presidente no está en consonancia con su cuerpo y es rotunda, dictatorial si se lo propone o lo sacan de quicio. Desde luego que no faltan personas de otros portales que consideran, más desdeñosas por todo que fieles a sus respectivos presidentes, que en el portal número uno se arma demasiado ruido para tan pocas nueces.

 

El bosquecillo de castaños comienza donde la ciudad termina. La Costa hace de frontera; el antiguo Grupo Sindical de viviendas está constituido por una serie de bloques, trapezoidal el conjunto, separados de la urbe por su particular situación en un altozano que protege tanto como aísla.

Se alzan los pisos hasta el sexto, y los bajos están asentados sobre los semisótanos que en su tiempo dejaron tapiados con pétreos muros y sin servicio, como una prolongación de los cimientos, salvo la parte destinada a huecos de ascensores y contadores del agua y de la luz.

En el año cincuenta y siete empezaron a ser ocupadas las viviendas de los veintidós portales. Durante casi treinta años se mantuvo, por orden expresa, un aspecto común en los balcones y ventanas, uniforme con el que no estuvieron de acuerdo muchos vecinos cuando se convirtieron en propietarios, así que en la actualidad hay balcones abiertos, como antes, y otros cerrados con estructuras metálicas y vidrios variopintos; hay también ventanas de guillotina y de madera, en estado original, y muchas más de aluminio.

Todas las viviendas del portal número uno gozan de vistas espléndidas, las mejores del Grupo según afirma mucha gente, y son más espectaculares incluso en los pisos superiores: por un lado, la ciudad; por el otro, unas afueras que van dejando de ser arrabales, más que una amenaza ya para lo que antaño fue un castañar casi inexpugnable y preñado de historias tan agradables o desagradables como se quisieran.

Aunque es evidente que no se aprecia en su medida justa lo que ya se posee desde hace años, Herminio y Oliva, del bajo derecha, reconocen que viven en la serie de pisos mejor orientados y más soleados. A él, como  conserje que fue del Grupo, le tocó ocupar la primera vivienda, que iba con el cargo. Hoy, desde su jubilación, se lamenta del estado de abandono de los jardines, de la suciedad de las calles, de que nadie le sucediera en la vigilancia de las viviendas que han pasado a dominios municipales. Oliva, la Conserje, en los ratos libres que le deja Jacobín, el hijo, que es deficiente psíquico, se queja de que los pisos bajos no tengan balcón, y echa en cara a los que antes se metían con su marido y con Jesús, el barredor, que en paz descanse, lo poco que protestan ahora ante los que mandan desde el Ayuntamiento, precisamente ahora que los está comiendo a todos la mierda, hablando mal y en plata, como ella dice.

Merche y Quique viven en el bajo izquierda. Cincuentones y sin hijos, a él lo desconocen, tanto los malos como los buenos quereres, en la misma medida en que conocen a su mujer; a Merche, su esposa, no se le está quieta un momento la lengua, como si tuviera que salir por su boca todo lo que se calla su marido, circunspecto y trajeado oficinista. Quique madruga mucho, viene a comer y no se detiene por las tardes en los suburbios, sino que frecuenta un bar del centro de la ciudad, donde, al parecer, hace gala de una maestría considerable cuando del tute mano a mano se trata. Merche todavía está de buen ver, y teme, con un miedo obsesivo, que alguien la viole.

El primero derecha es propiedad de Sofi, separada desde hace mucho tiempo del marido, un camionero llamado Corsino. Su matrimonio se fue destruyendo mientras se construía la democracia en España. Las dos hijas, actualmente en edad casadera, se quedaron con la madre. Sarita y Carmencita, muy estudiosas, en la universidad y becarias, son todo un ejemplo para muchos y todo un consuelo para Sofi, en el paro desde que la crisis obligó a cerrar a la empresa para la que trabajaba de cajera.

Enfrente de Sofi, en el primero izquierda, viven Pepe Pelaz y Sagrario Ramón. Tienen ocho hijos vivos, cinco de ellos hembras.  Los tres varones aún están solteros, a diferencia de sus hermanas, casadas muy jóvenes a pesar de ser feas a conciencia, feas sin discusión. Pepe Pelaz, alias Pepepé, alto y flaco, parece siempre como cansado; dicen que Sagrario Ramón lo dejó seco durante la etapa reproductora.

Desde la segunda planta ya se avista la torre más alta de la catedral. En el segundo derecha oposita a judicaturas Juanjo, que no siguió a sus padres cuando se fueron a vivir al centro de la ciudad y disfruta de una independencia y un silencio muy aptos para sus propósitos. El joven almacena dioptrías y saberes, y suspensos sin embargo, por lo que ya anda con la mosca tras la oreja y no sabe a ciencia cierta lo que quieren en Madrid. Su preparador, un fiscal de la Audiencia, le dice que tranquilo, que ya ganará la oposición y podrá desquitarse entonces y vivir la vida desde su poltrona de funcionario bien retribuido. El muchacho no lo ve tan claro y cuanto más estudia menos cree saber. Viene a verlo periódicamente la madre, y le trae provisiones y ropa limpia.

El segundo izquierda lo ocupan Luciano y Filo, o Lucio y Filomena, según unos y otros. A él le diagnosticaron, poco antes de que se casara el último hijo que vivía con ellos, cáncer de laringe. Le operaron y perdió la voz. Más tarde, la ciencia le consiguió un artilugio que él mismo se enchufa por un boquete que tiene en la garganta; le sale una voz metálica que espanta a sus nietos sin excepción. Antes debía escribirlo todo en una libretita que llevaba consigo. Algunos, ahora que el tabaco es tan perjudicial para todo, achacan su mal a lo mucho que fumó en su vida, y otros lo atribuyen al cuarto de siglo que se tiró trabajando el mármol. Varias lápidas esculpidas por él cubren tumbas y decoran panteones, y también hay angelotes suyos en el cementerio.

En el tercero derecha tuvieron sus cuatro hijos Amelia Conde y Secundino en dos tandas solamente: gemelos los dos varones de la vez primera, y gemelas las dos hembras de la segunda vez. La relación entre sexos es francamente mala. Ya desde pequeños, Jose y Luis se acostumbraron a zurrar de lo lindo a sus hermanas, Tatiana y Meli. Hoy, ya crecidos, no las traen moradas, pero se dedican a espantarles los novios.

Lucrecia es viuda y torpe. Hablan y no cesan del mal estado en que se encuentra su tercero izquierda. Ya no coordina bien. Cuando murió su Constantino, se dio a la comida y engordó mucho. Dicen que habla con el marido como si estuviera con ella y no criando ortigas. Al parecer, sirve dos cubiertos y se los ventila como se los prepara. A veces se queja por las tiendas del mal diente del difunto. Hace unos meses tropezó en el portal; impactó con la puerta y hubo que reparar el portero automático.

El cuarto derecha, como el sexto de la misma mano, está desocupado. Las Violeteras, sus propietarias, alcanzaron otros horizontes en cuanto pudieron comprar la vivienda y no estuvieron sujetas a la obligación de habitarla para no perderla. Ambas solteras, nunca les importó el qué dirían a la hora de disfrutar del presente. Violeta y María Virtud eran un buen tema de conversación, y aún lo siguen siendo cuando alguien las ve por la ciudad bien acompañadas. Ellas nada quieren saber del barrio donde fueron insultadas tantas veces y han puesto el piso en venta. Si no lo han vendido ya se debe al precio desorbitado que han fijado por él.

Piensan algunos que el Moro Manuel sintió más la marcha de Las Violeteras, sus convecinas, que la muerte de Engracia, su segunda esposa. Se le atribuye el falo más grande del Grupo y un sinfín de amoríos. De creerlo así, habría que remitirse más a su silencio, tal vez delator, que a las pruebas. Casi un asesino sexual, prácticamente reventadas sus dos esposas, para Merche es un peligro público. Merche habla y habla de todo ello, de cómo la mira, de cómo se le adivinan las malas intenciones, del peligro que representa el que fuera legionario y marinero, ante la presencia sosegada de Sindo Galindo, que la escucha como a todos, fuera de discusión su buen hacer como presidente de la comunidad de vecinos del portal número uno.

También ha tenido que escuchar lo suyo el presidente con las protestas habidas contra Luisín y Dolores, del quinto derecha, más de treinta años en obras, seis lustros dando golpes en casa, los tabiques rehechos y vueltos a rehacer para nada porque, en la actualidad, la vivienda está casi como en un principio: el piso es de lo más parecido que queda a la arquitectura original en todo el Grupo.   En el quinto izquierda, bajo el piso de Sindo Galindo, viven Antonio y Amelia Prado, cotillas los dos donde los haya, progenitores de Toni y María, el varón un balarrasa como el padre y la hija una deslenguada como la madre.

Enfrente del presidente nunca vivió nadie. El piso está tal cual lo construyeron, aunque con el deterioro lógico de los años. En manos de Sindo Galindo obran las llaves de la casa para solventar cualquier emergencia, que podría proceder, como ocurrió en su día, del techo. Sabe que el piso está a nombre de Raúl González, que éste reside en Bélgica, y que las facturas y comunicados debe enviarlos a un tal José María González, pariente del propietario. Nadie se explica por qué no le quitaron la vivienda al desconocido Raúl cuando era de obligado cumplimiento residir en ella. Por falta de denuncias no fue, eso seguro. La razón debe buscarse en alguna ley aplicable a emigrantes o en algún chanchullo sobreviviente a dictaduras y democracias.

Gumersindo vive solo. Es un hombre pequeño. Él mismo se autocalificó así, acaso para evitar sobrenombres peor intencionados. Desde la cima en que se halla, gusta de contemplar la ciudad, casi toda ella expuesta a su curiosidad incansable de persona adicta tanto a la reflexión como a entender de asuntos ajenos, cada cosa a su tiempo. Tiene a su cargo velar por los intereses del portal número uno, y a fe de todos que así lo cumple. Cierto que le sobra el tiempo para sacar adelante su empeño, pero a otros presidentes tampoco les escasean las horas y no alcanzan ni por asomo su nivel de eficacia. Y eso que ya no puede ni salir de casa sin ser ayudado. Pero no le hace falta. En un momento moviliza lo que sea menester telefónicamente, y se celebran en su propio domicilio las reuniones precisas con un orden y una disciplina que son la envidia de muchos portales. Herminio, por lo que fue, Merche, secretaria del presidente, y Luciano, por su enfermedad, ocupan plaza en el sofá. La butaca queda para Sindo. Como en el salón no caben todos, los últimos en llegar permanecen en el pasillo, o en la cocina, y pueden igualmente dar su opinión y no tienen problemas en escuchar a Galindo, pues la voz del presidente no está en consonancia con su cuerpo y es rotunda, dictatorial si se lo propone o lo sacan de quicio. Desde luego que no faltan personas de otros portales que consideran, más desdeñosas por todo que fieles a sus respectivos presidentes, que en el portal número uno se arma demasiado ruido para tan pocas nueces.

Continuará mañana a esta hora…

Anuncios

2 Comments

  1. Reblogueó esto en Barcelona / j re crivelloy comentado:

    MasticadoresdeLetras sigue apostando por la calidad de los autores, ahora cada tarde al estilo del folletín antiguo presentamos un cuento de José Ángel Ordiz, esperamos compartan en las redes estos espacios pequeños que se puedenleer a la espera de entrar al dentista o haciendo turno en la charcuteria de la esquina. -j re crivello

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s